jueves, 24 de septiembre de 2009

¿Evaluadores o des-calificadores?

En una ocasión, en que se discutía abierta y seriamente, lo muy distintas y complicadas que pueden resultar ciertas profesiones, quien dirigía la actividad señaló que “todos” los trabajos eran igual de difíciles. Apoyaba su convicción con el argumento de que sus padres le habían inculcado desde muy pequeña el valor del esfuerzo por lo que a ella no le parecía para nada sacrificada por ejemplo, la labor de un conductor de autobús. Ahora bien, ¿Pensará lo mismo quien ha tenido que levantarse a las 4:00 a.m. para una extenuante jornada comprendida entre las 5:00 a.m. y las 11:00 p.m.? ¿Será idéntico andar en un carro grande, cómodo y con aire acondicionado, que en un autobús donde hierve de calor, no puede irse al baño cuando se necesite sino cuando se pueda y se debe tolerar toda clase de comportamientos humanos, desde los más insólitos hasta los más despiadados? ¿Será igual un trabajo donde se desatascan cloacas que el de un diputado con tantos privilegios? A todas luces que no, sin embargo, no puede negarse que todas las profesiones son riesgosas. Ahora bien, esto pudiera conducirnos a cuestionarnos: si el trabajo de escribir de manera artística ya sea narrativa, poesía, ensayo, dramaturgia…le toma al escritor años de desvelos, sinsabores, aislamiento, sacrificios ¿Por qué el resto de los mortales continúa considerándolo una pérdida de tiempo? ¿Por qué al ver sentado a un cristiano durante horas frente a un computador se le considera un tremendo y absoluto vago? El ingenioso y divertido escritor y columnista Roberto Echeto nos contaba el otro días que no se explicaba por qué su esposa cuando lo veía instalado en su computadora lo interrumpía a cada rato para pedirle toda clase de labores domésticas como ir a cambiar un pañal o preparar un tetero, como si su trabajo fuese de poca importancia o en el peor de los casos poco serio. Asimismo, el brillante escritor venezolano Armando José Sequera, expresaba en un Encuentro Internacional de Literatura Infantil, que en Venezuela hasta hace muy pocas décadas a los escritores de este género se les creía unos “cabezas huecas”, lo que reitera que en el imaginario colectivo hay criterios extremos, por un lado, cuando se considera a todo trabajo igual de sacrificado como si pudieran meterse en un mismo saco la labor del Fiscal General de la República y el de un obrero de la construcción, y por otro, cuando se le resta valor a una actividad tan loable como el acto creador, que en la mayoría de las veces no llega a ver ni la luz. ¿Será que no estamos capacitados para evaluar a los demás de modo ecuánime y justo? ¿Será que estamos preparados –y con suma eficiencia- sólo para des-calificar? Buenas preguntas!!!! ULA-Táchira (soryady1@yahoo.es)

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