jueves, 13 de julio de 2017

TERRÍCOLAS

A Diego Niño,
mi marciano favorito.


Los encontraron en un abandono total. Tenían siete semanas sin salir. Los oficiales no habrían podido determinar desde cuándo decidieron no alimentarse, pero sus ojeras amoratadas demostraban claros signos de inanición.
Ya no podían recordar cuánto tiempo llevaban pensando en la inminente destrucción, pero estaban seguros de haberse devanado los sesos cavilando las posibles maneras en que la tierra desaparecería. Tampoco, por qué se les habían sembrado esas ideas apocalípticas.
A Laura le parecía muy romántico que un meteoro se estrellara contra todo lo que hasta ese momento conocía. Por eso tal vez decidió abrazarse a Luis en una especie de espera sempiterna. Estallar en mil pedazos junto a él dejaba abierta la remota posibilidad de permanecer eternamente unidos en billones de partículas microscópicas flotantes que navegan juntas por toda la galaxia.
Con aquel abrazo, esperaba tal vez eternizar ese amor dulzón jamás manifestado de manera abierta a través de palabras y frases cursis. Ella no lo hizo porque no fue criada en ese ambiente enternecedor de padres cariñosos que se besan delante de los hijos; y él, porque venerarla -aunque fuera un poquito- sería una muestra de debilidad.
Luis en cambio se imaginó un ataque extraterrestre. Aquellos hombrecillos verdes de los clásicos del cine seguro serían muy distintos, pero sin duda escalofriantes, con cuerpos amorfos, ojos gigantescos y poderes extrasensoriales, capaces de hacerlos leer las mentes. Eso sí: más arrechos que los de la Guerra de los mundos y menos pajúos que los de Señales.
Debían reconocer cuán estúpidos se veían tendidos en el sofá como un par de zombis, esperando un fin que nunca llegaba. Encima, el hastío de la espera les hacía recrudecer los olores persistentes y rutinarios de aquella cuadra: basura, arepas quemadas, aceite de motor, café recién colado, fritanga, meaos rancios, roles de canela, mierda de perro. Pensaron, sin atreverse a comentarlo al otro, lo pobres que eran los vecinos al continuar con sus actividades diarias teniendo el fin del universo encima.
Cuando sintieron que forzaban la puerta no opusieron resistencia. Se apretujaron con mayor fuerza y se imaginaron la hora final.  No podían comprender con exactitud los hechos. Se miraron por un momento como queriendo detener el tiempo. Sus miradas se entrelazaron en un suspiro largo.
Al fin, cayendo en cuenta de que no había un nuevo Big Bang y mucho menos invasión marciana, los bomberos entrometidos comenzaron a importunarlos con: Épale, tortolitos, ¿qué tienen? ¿Están bien? ¿Están bien? ¿Les duele algo?
Hastiados de tanta súplica y mostrando cierta tosquedad ante aquel silencio, les solicitaron levantarse, salir, dejar que los llevaran a un hospital. El tonito era más bien de apúrense par de hijueputas que hay mucho trabajo por hacer; verdaderas emergencias; además, el hambre aprieta pa andar perdiendo el tiempo en tochadas. Pero nada, Luis y Laura seguían absortos y herméticos.
Después de unos breves segundos, que pudieron parecerse a siglos en el halo idílico desprendido por ambos, cedieron a las peticiones de los rescatistas y salieron abrazados, encandilados por el sol. Afuera, una bandada de periodistas hambrientos los esperaban ansiosos por conocer los detalles de su ataque antropofóbico.

Ante las cámaras, Luis y Laura soltaron sus manos y se sintieron por primera vez -desde que estaban juntos- perdidos y abandonados. Agradecieron a Dios porque los aliens no hubieran aparecido; lo más probable es que al ver tanta mezcla de ridiculez y absurdo habrían sentenciado con sarcasmo: ¡estos terrícolas sí son maricos!

domingo, 16 de diciembre de 2012

Liberación


Antes, su pene en estado de erección emitía chorros y chorros de semen espeso y caliente como si tuviese una fuente alterna que lo proveyera a su antojo. Ahora, expulsa un líquido sanguinolento que le provoca un llanto ahogado. Antes, la eyaculación salía disparada en el marco de un fondo musical que a ratos llegaba a confundir con el relinchar de un caballo. Yo solía molestarme un poco. ¿Será que cree que está montando a una yegua? Pero de inmediato la ira desaparecía y se transformaba en un quieto resoplo como si en el fondo estuviera agradecida de ser su yegua particular. Suya. Única. Le pertenecía y con eso era suficiente. En ese entonces yo pensaba que las erecciones durarían toda una vida y el gozo no tendría fin. Ahora solo me queda recordar las emociones que aquel miembro erectil me hizo sentir.
            Antes, se quedaba dormido demasiado rápido. No le importaba si yo necesitaba un abrazo, un cariño, un gesto de complacencia o un reproche por falta de pasión o exceso de candidez. Ahora le cuesta conciliar el sueño. Ese que yo tanto le envidiaba. Sus ronquidos, parecidos a un motor a punto de claudicar, me generaban una sensación que iba con suma facilidad de la furia a la admiración. Verlo tendido, indefenso, terminaba por enternecerme. Ahora se queja y se queja de un dolor que no tiene término. Ahora yo le susurro: tranquilo, amor, ya viene la enfermera, te pondrá un calmante. Él sigue con el quejido mostrando plena certeza de que no es cierto; de que hace nada le pusieron un calmante y hace nada que olvidó el significado de la palabra alivio.
            Cuando los quejidos no le son suficientes se levanta (igual o peor de quejumbroso) y da vueltas a la habitación. Se desespera. Cuántas veces no se dio vueltas por nuestro lecho llevando triunfante una whisky seco en la mano como parte de un secreto ritual a la alegría.
            Antes, su sensación de bienestar era tan obvia que la irradiaba a borbotones. Llegó a ser (y aquí solo cabe esta frase por muy hecha que sea) el alma de las fiestas. Yo lo veía tan alto, tan guapo, tan inteligente y le daba gracias a Dios por tenerlo. Ahora no pasa de quejidos y llanto. Cómo me gustaba oirlo reir. Incluso cuando se le pasaba la mano en los chistes, las burlas o las malas imitaciones del acento andino mi admiración se hacía perceptible a cuadras de distancia.
            Antes me enloquecía verle desnudo. Todo su cuerpo resultaba perfecto para mí y mi privada sensación de plenitud. Llegué a percibirlo como un adonis y hasta en el tono de voz que empleaba para con él dejaba entrever mi veneración. Ahora es una especie de adefecio maltrecho gracias a la sangre que se le va por aquel conducto.
            Tienes una pea del quinto piso, le decía al verlo vomitar y reíamos como psicóticos ante el desastre. Ahora se vomita y creo vomitarme también. Me ve con ojos avergonzados e intuyo que lo invade un profundo deseo de desaparecer. No digo nada y limpio todo con una parsimonia que intenta esconder mi propia desesperación.
            Antes le sobraban farras con amigos. Los planes para ir a un partido, beber unas curdas, conversar sobre arquitectura o celebrar cumpleaños, sobraban y la agenda copaba los cupos con prontitud. Ahora creo que su mundo se redujo a este cuarto, las enfermeras, los médicos, él y yo. Antes lo amaba hasta los tuétanos; se me crispaba la piel cuando me decía “negrita” y me reventaba los celos al imaginarlo con otra. Ahora lo amo mucho más de cualquier lógica y anhelo ser su cobijo mientras la amargura que se halla instalada en su alma lo devora, enloquece o libera.
Fin
Caracas, noviembre de 2012

lunes, 12 de noviembre de 2012

Sin rastro


I
         NO HA PODIDO volver a quedarse dormida sin pensar en él, en sus cabellos, en su tierna sonrisa perlada y en aquellos ojillos pícaros que tanto le gustan. No ha podido tampoco volver a concentrarse en el trabajo. Toquetea los libros como queriendo acariciar aquellas manos que meses atrás no se apartaban de ellos. Como queriendo robar parte de esa tersura que seguro ellas desprenden.
         No ha podido tampoco volver a introducir datos en la computadora sin asegurarse que aquel cliente no es él; ¿número de cédula?, pregunta, sin levantar el rostro, con la esperanza de que la pantalla arroje en grandes y finos trazos el nombre de RONALD. Pero nada, no ha aparecido. Así como ella no ha vuelto a ser la misma. No ha vuelto a tener paz.
         No ha podido desperezarse una sola mañana sin guardar en su pecho la esperanza de que él haya perdido, tal como John Cusack en Serendipity, el papelito donde ella le escribió su número telefónico. Tal vez no fue el viento que se lo arrebató, tal como en el film, pero al menos algún incidente, igual de fortuito, como haberlo dejado botado junto a la propina o extraviarlo al sacar la cartera, podrían ser posibles razones para no saber nada de él.
          Era imposible que aquella mirada solicitándole que escribiera su número telefónico no fuera sincera. Si era la misma que tantas veces se paseó por la librería. Que tantas veces le buscó para aclarar dudas sobre un precio o para solicitar información de algún autor en especial. Era imposible que se lo hubiese pedido para otra cosa que no fuera llamarla, hacerla suspirar, invitarla al menos a tomar un café.
         No ha podido tampoco volver a leer con la pasión de antes. De antes de aquel fantástico día en que Ronald le pidiera su número telefónico y no la llamara. Ahora pasa impávida por las grandes obras y no se detiene a ojearlas y muchísimo menos se extasía en sus pasajes. Madame Bovary dejó de inspirarle respeto, le pasa por el lado y ni una pizca de aquella emoción que la desdicha de Emma le producía se deja ver. Ni El amor en los tiempos del cólera o El perro de los Basckerville le producen el más mínimo deseo de esconderse entre los pasillos para robarse un poco de su magia. Ni siquiera las locuras de Raucci y su Soy la versión XP han podido arrastrarla a otro nivel que no sea la tristeza.
         No ha podido tampoco dejar de acariciar todos y cada uno de los libros de arte que Ronald, en otra época, en la que venía a cada rato, acarició reiteradamente. No le importa que decenas de personas también los hayan acariciado. Solo siente que en aquellos lomos fríos podrá arrancar parte de la bondad que sin duda despiertan aquellas manos. Se pasea un rato por Khalo, Manet, Calder, otro por Dalí, Caravaggio, Monet y Rivera. Se detiene en cualquiera, lo abre y trata de ver si comprende algo. Nada. Lo intenta. Quiere tener preparada alguna conversación interesante, no para cuando llame, sino para cuando se vean, para que cuando esté frente a esos dientes perlados y su pulso se acelere de nuevo no tener que pasar vergüenza. Para demostrarle que se ha preocupado por su mundo. Arquitectura, dijo, estudio arquitectura.



II
         ­Estoy terminando mi tesis de arquitectura y no puedo dedicarme a la pintura y la escultura como yo quisiera . Pronunció entusiasta. Todavía lo recuerda clarito. Como si fuera ayer.
         Se imagina el cuarto de arte de Ronald y se pregunta si será un desordenado como el Pollock de aquella película norteamericana o si más bien meticuloso como el escultor cincuentón de Carry en Sex and the city. Tal vez tiene todo un estudio repleto de obras de arte donde la llevará para pintarla desnuda, así como lo hizo Jack con Rose. No puede dejar de imaginárselo. No ha podido. Ni cuando acaricia los libros. Ni cuando el agua de la ducha le roza la piel y mucho menos cuando el vapor del té caliente le recuerda lo que ansiaba que esas manos la llegaran a tocar.
         Tampoco ha dejado de maquillarse ni un solo día. Primero, con sombras muy brillantes que no sólo resaltaran la felicidad que llevaba por dentro, sino para que la hicieran relucir entre tantas mujeres bonitas.
Seguro a él le llueven las mujeres bonitas . Se dice una y otra vez.
Debía al menos destacarse por sus sombras nacaradas, sobre todo aquellas que le favorecían. Luego, por unos colores más claros y tenues que escondieran su ansiedad. Que disimularan aunque fuera un poquito el deseo loco que la come por dentro. Que le difumine, tal cual corrector de ojeras, el maltrecho idilio que pudo, pero no fue.        
Porque aunque no haya podido dejar de pensar en él, y no haya dejado de pasearse por los libros que Ronald visitaba, aunque los títulos de arte, arquitectura y escultura hayan dejado de ser terreno inexplorado para ella, él no ha vuelto. Desde ese mágico día en que le dijo: <<Me tengo que llevar algo, me tengo que llevar algo y si no, a alguien>> E intercambiaron sonrisas y frases estúpidas.
         Ella sintió paralizarse. <<A mí, que me lleve a mí…>>  Se dijo,  mientras soltaba una sonrisa coqueta que no la terminara de descubrir ante aquellos ojos claros. Fueron aproximadamente treinta minutos hablando con confianza, diciendo típicas bobadas de seres que se gustan, ¿o no? Ahora ella dudaba, a ratos, si aquella conversación no fue más que una amabilidad de un cliente agradecido. Porque nadie podía negar que ella era una vendedora atenta y esmerada. No solo con Ronald, sino con todos los clientes. ¿Cuántas veces no le había dedicado horas para atenderlo? Tal vez el chico quería ser gentil. Pero no, dijo: << O a alguien >> y ese alguien no podía ser sino ella. Además le pidió el número telefónico, ¿qué más podía significar?
         Pero no volvió. Ronald no ha vuelto. Y ella sigue esperándolo. Sigue paseándose entre los libros favoritos de él. Ya no mira a Benedetti  y mucho menos a Vargas Llosa. Ya no siente deseos de descubrir si Jane Eyre se adelantó a su época o si Cumbres Borrascosas guarda similitud con su versión fílmica. No se emociona con la biografía de Rigoberta Menchú  ni con la de Virginia Woolf. Ni siquiera porque esas fueron las primeras biografías que se detuvo a ver cuando empezó a trabajar en la librería. Ni siquiera porque las admira. Ni siquiera porque ya era justo que  empezara a olvidar de ese hombre. Ese ya no vendría.
         Tampoco ha descuidado su cabello. Unos días lo trae suelto, lleno de bucles que cuida en rizar más que las modelos de Pantene. Otros, lo trae lisito como una seda. Aunque ese look la haga parecer más vieja, guarda la esperanza de que a Ronald le va a encantar. A veces lo adorna con ganchitos que no están acordes a su edad, pero que en definitiva le hacen entretenerse un poco de esa manía que tiene ahora de vivir pensando en él. Se ha comprado también una faja para que le disimule los rollitos de la cintura. No le queda más remedio:
¡Ronald es demasiado bello y en el centro comercial hay tanta mujer linda! . Se repite sin cesar.
         Tampoco ha dejado de buscarlo en los rostros de la gente que colma el Sambil de ruido y basura. Cuando ha terminado de acomodar los libros  –en especial los de arte y arquitectura-  camina con soltura para que si en algún caso Ronald pasa, la observe como una gacela acicalada y elegante. Para que no se le pierda ningún rostro sin buscar el de él. Para no pensar que ya no ha vuelto. Que no volverá.
         No ha dejado tampoco, ni por un solo día, de imaginar cómo sería estar en aquellos brazos, sentir aquellos músculos asfixiarla y recorrer a punta de besos cada centímetro de aquel cuerpo. Cómo sería dedicarse una noche entera, no, que noche, un fin de semana entero a ese cuerpo tan esbelto. A esa boca tan seductora. Quedar enredada en aquellos dientes. Estallar entre gemidos en medio de aquellos ciento noventa centímetros de piel aterciopelada y dulce. No ha podido dejar de imaginárselo, no ha querido.
         No ha querido ni siquiera porque sus compañeros se han desgastado en burlas contra su hombre sin rastro. Ni siquiera porque su cargo en la librería se pondría en riesgo si termina involucrada con uno de sus mejores clientes (nadie lo podía negar, Ronald había gastado fortunas en esa librería, no sólo en Da Vinci, Goya, Van Goh, Lofts, Casas, Apartamentos, Pools, sino en cuanto capricho se le antojara, lo que lo convertía en uno de los mejores y más esplendidos que entraba allí). Tampoco porque el tiempo ha pasado inclemente y ya van más de tres meses de aquel encuentro casual y feliz. Porque no ha vuelto. Porque no volverá.
III
         No se ha resignado a perder. Tampoco se ha amilanado por las críticas de los demás. Tampoco porque el reloj corre en su contra y otra oportunidad como esa es difícil que se le vuelva a presentar. Quiere guardar esperanzas. Las necesita. Ya comprende mejor algunos libros de arte. Ya tiene listos varios temas de conversación. Ya encontró la manera de disimular la rabia que le producirá verlo llegar de nuevo que entremezclada con el fervor que le tiene seguro será como la pólvora y le estallará en sus sienes, pero de pura pasión. Ya se aseguró de que todas las excusas son posibles, desde que la estuvo llamando y ella no contestó hasta el típico: hoy te iba a llamar. Ha practicado la sonrisa frente al espejo. Se ha visto un poco triste, ha tenido que forzarla. Se ha maquillado con desgano y se ha acicalado sin esfuerzo. Se siente llevar de manera etérea, inconsciente. Quisiera ya no pensar. No acariciar los libros ni buscar explicación a los matachos de Picasso. No pensar. Quisiera ya no sentir. Es que no fueron solo las palabras << O a alguien>>, sino  la forma en que las dijo. La mirada que utilizó. La sonrisa que le desprendió y el sutil encanto que le envolvía.
         No ha vuelto a mirar el periódico. No es necesario. La única noticia cruel en su vida es que Ronald se detuvo a hablar media hora con ella, le sonrió hasta que se cansó, le pidió su número telefónico y más nunca volvió a aparecer. Esa sí era la verdadera mala noticia. Ni todos los crímenes del mundo, ni todas las muertes por sicariato, ni todos los secuestros en la frontera se podían comparar con el dolor de soñarse entre los brazos de Ronald y no poder cumplirlo. De verse entrelazada con el hombre de sus sueños: ¡Sólo en sueños! Ninguna crónica podría compararse con la desfachatez de su amado. Con el sadismo de aquellos dientes perlados. Con el flagelo de aquel cuerpo musculoso.
         Pero ya había pasado mucho tiempo. El suficiente. Era hora de volver a la realidad. Se animó. Tomó parte de aquellas páginas manchadas de tinta negra y se dirigió directo a la sección de Sucesos, allí habría al menos crímenes horrendos que la hicieran olvidar aquellos ojillos tiernos.
         Sin esperárselo, consumida por su impotencia y decidida a olvidar (al menos por unos momentos) la sonrisa de Ronald, sintió un espasmo que le recorrió todo el cuerpo, una frialdad comparable a una hielera se instaló en su interior. No podía creerlo. No quería. Impávida sostuvo con una fuerza inexplicable aquella hoja de papel mientras unas gruesas lágrimas se deslizaban insolentes por sus mejillas y se llevaban sus ilusiones como una red a sus peces. En gruesas y oscuras letras, al lado de la foto de su hombre, con el aplomo de la verdad, decía:

“Hallan cadáver del joven estudiante de arquitectura secuestrado tres meses atrás”.

        
        
 Del libro Thanatos agency y otros cuentos insensatos
(Sistema Nacional de imprentas/Táchira, 2009)
        









miércoles, 3 de octubre de 2012

EN FAMILIA


 I
         AL FRENTE DE MI CASA nunca hubo nada más que un rancho. Primero uno de bahareque donde se quedaba un -y que- viudo que tenía el resabio de maldecir a todos los vecinos al llegar borracho los viernes por la noche y hacerse el inocente los días siguientes. Tenía un aspecto cadavérico y taciturno que aunado a su caminar apaciguado, hacían pensar a cualquiera que no mataba ni una mosca.
Luego, cuando el viejo Efraín se cansó de que todo el mundo le anduviera haciendo mala cara a toda hora y se fue, una pareja construyó cuatro paredes igual de debiluchas que debían abrigarlos a ellos y a sus cinco hijos. Allí se juntaban cocina, baño, sala, comedor, tendedero y hasta nido de amor. Tenía la apariencia de una tacita de barro mal hecha y la facilidad para levantar la compasión de todo el que por allí pasara; y si no, que lo digamos nosotros que los veíamos todos los días como el reflejo de la peor parte de este barrio decadente.
         Cuando se cansaron de discutir con sus vecinos más cercanos -los Azuaje- también dejaron abandonado aquel rancho miserable, dándole paso a una nueva pareja, esta vez más joven, pero igual de pobres. Vivieron allí escasos dos años y no pudieron en todo ese tiempo pegar ni un bloque que eliminara ese trazo mal hecho llamado casa. Los sonidos de sus gritos, el televisor encendido o el rugir de la licuadora eran perceptibles a cuadras de distancia, pues la estructura frágil y triste no alcanzaba a brindarles siquiera la mínima intimidad. Tenían al principio aspecto de ser mejores personas que sus antecesores, pero el contacto con aquellos miasmas sórdidos los invadió muy rápido, convirtiéndolos en un par de esperpentos grotescos y rancios.
         Hasta que llegaron los Mansalva. Ellos transformaron aquellas paredes frías y harapientas en una quinta. No necesitaron sino de año y medio, una cuadrilla de obreros desnutridos (parecida a un ejército), y centavos a granel, para cambiar aquellos cuatro muros en un espacio con habitaciones placenteras, baños de primera, techo de machihembre, lámparas importadas y pisos de granito impresionantemente pulidos. La fachada bañada de piedra laja se quedó pendeja ante las barandas de hierro forjado italiano que usaron para las escaleras que comunican los cuartos, y una cocina empotrada con tablones de mármol terminó de poner el toque extravagante a los espacios antes desolados.
         Recuerdo cuando llegaron. Al verlos bajarse del camión de mudanzas pensé: << ¿Ahora qué sorpresitas traerán estos?>> Acomodaron los corotos sin hacer mucho ruido. Parecían casi inofensivos. La mayoría de los vecinos –incluyéndonos- mantuvieron la distancia al principio, pero apenas se dio inicio a la construcción de semejante mansión, no había quien no deseara la amistad con “los nuevos”.
         Los Perea les llevaban huevos recién puestos por las escasas gallinas del corral. Los Pérez Pérez les avisaban cuándo llegaba y se iba el agua, el aseo, la luz o el teléfono: <<¡Vecinos! ¡Vecinos!...corran que llegó el aseo>> Gritaban a viva voz. Las hermanas Ramírez les prestaban sus servicios, la una para plancharles y la otra para lavar la ropa, que aunque no eran gratis sí era la primera vez que se los hacían a alguien de la misma cuadra.
         Todo el barrio enloqueció por “los nuevos” y los escrúpulos de la gente se desvanecieron conforme se desaparecía la imagen de aquel rancho que durante años afeó el ambiente y creó tantas discordias. Parecía que a medida que se construía la quinta se asomaban alegres las más bajas intenciones. Nadie salió ileso. Hasta mi mamá empezó a sentir simpatía por aquellos desconocidos. Primero con el menor de los hijos, un adolescente inadaptado y rebelde que le despertaba mucha ternura y al que deseaba proteger de los golpes de un hermano mayor que se sentía con el derecho de aplastarlo por el hecho de cubrir los gastos de aquella casa; y luego por la señora, una mujer enferma y quejumbrosa, harta de su marido diabético y de sus dolencias seniles.
No actuó como la mayoría, ofreciendo servicios o avisando eventos cotidianos, sino empleó el viejo truco de compartir recetas. Primero de dulces, y luego de cuanta entrada o plato fuerte, transmitido por El Gourmet todas las tardes. Mamá los llevaba a cabo al pie de a letra, para además de figurar como una excelente cocinera, recibir halagos y despertar la envidia, ganarse la confianza de aquellos seres que representaban un enigma.
        
        

II
         Cuando se  terminó de pulir el último escalón y se solidificó aquel ambiente de ostentación y riqueza, las personas comenzaron a cambiar. Ya nadie creía que el hijo mayor vendía ropa traída de Margarita, ni que el hijo menor era golpeado por su forma de contestar a los adultos o su propia condición de adolescente. Todos empezaron a sospechar que algo andaba mal. Las hermanas Ramírez no volvieron a lavarles ni a plancharles, según ellas porque tenían miedo de volver a esa quinta, pues, le habían descubierto al diabético cajas repletas de dinero escondidas debajo de las zapateras, y eso –y que- las asustó mucho.
         Por su parte, “los nuevos” alegaban haber salido de las Ramírez porque una de ellas les había robado unas joyas invaluables de la familia. Incluso hablaron de haberlas amenazado con la policía si no las entregaban.
         Los Pérez Pérez dejaron de avisarles los acontecimientos con la excusa de que ya era tiempo que aprendieran los horarios en que se daban cada uno; y los Perea, emplearon la salida más creíble para no regalarles más huevos recién puestos: <<Salimos de las gallinas.>>
         A los pocos meses, estábamos todos durmiendo profundo cuando se oyó el golpear de la puerta. Era un ruido suave, casi imperceptible. Yo medio abrí los ojos. Sentí que mi mamá iría a atender y volví a cerrarlos. De pronto escuché un llanto: <<¡NO! NO ME DIGA ESO, MANSALVA.>> Era mamá inconsolable. Desperté sobresaltada y corrí hasta la puerta. Desde mi cuarto hasta la entrada de mi casa no hay muchos metros, pero mis piernas me pesaban tanto, que el recorrido se me hizo eterno. Mamá lloraba desconsolada en los brazos de aquel viejo enfermo. La abracé sorprendida:
¿Qué pasó? .
Mataron a Josnel. Contestó mamá en medio del llanto.
         Y una sensación de desolación invadió mi cuerpo. Aquellas palabras se cruzaron con la madrugada fría y me helaron el corazón. La abracé de nuevo y quise cobijarla, pero tuve la certeza de que aquella expresión de dolor no se calmaría con nada. 
Lo mató Juan Ander. Volvió a replicar y lloró con más libertad.
          Voltee a ver al viejo, quien lloraba en silencio meditando sobre aquella sentencia. Tenía los ojos rojos y al sentir mi mirada, murmuró:
Hoy perdí a dos de mis hijos.
         Y volvió a llorar desconsolado.

        
III
         La barriada entera fue al entierro de Josnel. Ya no había lágrimas a granel ni quejidos de dolor. Solo silencios. Y miradas acusadoras buscando al vil Caín. Todos guardábamos la esperanza de ver llegar la justicia.
         La lluvia plagó el cementerio y mamá aprovechó para comentar que eso eran signos de que aquel jovencito era bueno y puro, y el cielo lo sabía y por eso lloraba. Por eso bañaba en silencio aquella tierra. Aunque nadie dijera nada, se había atestado, así como la lluvia, un aire de frustración y rabia. Aquella ceremonia sepulcral se tornó inquisitiva, acusadora, instigadora.        
Al finalizar los novenarios, una fortaleza de discreción se armó en aquella casa. La vergüenza de ser los padres de un hijo capaz de matar a su propio hermano se apoderó de aquellos seres y de inmediato pusieron la casa en venta. No había comprador. Aquella mansión en medio de un barrio pobre no era la mejor opción para nadie.
         A las pocas semanas la remataron. La compraron, a precio de gallina flaca, un par de homosexuales desesperados por tener un refugio alejado de la prejuiciosa ciudad. Nunca la habitaron. Nunca nadie la pudo habitar.
         Con el tiempo nos enteramos que aquellos viejos enfermos utilizaron parte del dinero obtenido por la casa, en hacer desaparecer los archivos de la policía. También supimos –porque entre cielo y tierra no hay nada oculto como diría mi mamá- que la muerte de Josnel quedó registrada como un accidente, “una bala perdida en medio de una riña entre bandas”, para ser más exactos.
IV
         Ya han pasado seis años desde que Juan Ander mató a Josnel. Nadie habla de ello. La policía menos. Es como si Josnel no hubiese existido. Ni él ni su risa inocente. La vida continuó tal como antes de que los Mansalva llegaran. Las mismas discusiones por el ruido o la basura en las aceras. Las mismas críticas siniestras por estar en la calle hasta tarde; o andar metido en las casas ajenas a toda hora; o andarse enamorando de los maridos de las demás. En el mejor de los casos, se siguió celebrando la navidad y fiestas, con la misma algarabía que antes de que se instalara la desgracia en nuestra cuadra.
No obstante, cada vez que veo el frente de mi casa y me detengo en aquellas piedras pulidas con acabados tan perfectos, con arreglos de madera tan bien contorneados me digo:
Al frente de mi casa nunca hubo -y hay- nada más que un rancho.
FIN
De mi libro Thanatos Agency y otros cuentos insensatos (Táchira, 2009)