martes, 8 de diciembre de 2009

Pelando, pelando

Viendo una de las tantas repeticiones de la premiada adaptación cinematográfica de la obra de Stephen King “Misery”, (con la cual por cierto recibió su tan merecido Oscar la primera actriz Katty Bates) me hizo reflexionar la escena en que el protagonista le dice a su editora que si logra algo bueno con su más reciente producción podrá irse tranquilo a la tumba, pues su serie melodramática “Misery” no es algo de lo que pueda sentirse orgulloso. “Sin embargo, pagó el colegio y la ortodoncia de tus hijas”, le contesta la talentosa empresaria, haciéndome recordar que en estos lares las ganancias por escribir no alcanzan ni para el pasaje. Estarán pensando –y con justa razón- que soy contradictoria, puesto que en varias ocasiones, a través de este mismo espacio, he aseverado que el libro por ningún concepto debe ser visto como bien rentable, como un vil producto mercantil. Reconozco que fui extremista, y aunque sigo considerando que el arte, la estética y la calidad deben prevalecer antes que cualquier otra razón de índole comercial, tampoco puedo cegarme ante la realidad que experimentan nuestros creadores. Éstos no pueden siquiera, como en el caso del escritor ficticio de la novela de King, darse el lujo de pagarles la ortodoncia a sus hijos. Si he conocido casos de autores que han invertido sus cortos ahorros de toda una vida de trabajo en autoeditarse, para luego terminar de quedar arruinados en la difícil y competitiva distribución. No pensemos entonces en los obstáculos para el escritor inédito que no cuenta con ahorros (ya sea porque no ha trabajado aún toda una vida o simplemente porque no ha podido ahorrar) y que aspira con vehemencia el destello de al menos una oportunidad para enviar sus manuscritos. Cuando la consigue (como por ejemplo concursos nacionales o internacionales para autores inéditos), entonces un cartucho de tinta, una resma de papel bond base veinte, y en los casos más extremos un computador donde transcribir su arte, se le convierte en piedra de tranca entre él y su sueño de publicación. En otros casos –hasta cierto punto- mucho más afortunados, en que se le ofrece la maravillosa oportunidad de publicar, entonces se estrella con una realidad aún más devastadora que saberse inédito: ¡Nadie lo lee! ¡Nadie lo compra! (y no porque sea pésimo, ojo). Incluso si lo regalan por allí en ferias de libros o eventos de promoción, quienes lo reciben terminan utilizando aquellos años de esfuerzo, para nivelar la nevera, sustituir la pata que le falta a la mesa o hacer más alta la lámpara de la sala. Cabe preguntarnos ¿Por qué a estas alturas del partido todavía no se le otorga al libro el valor que realmente merece? Y más aún: ¿Será que en este país llegará a vivirse de lo que se escribe? (Y me refiero a lo que se edita, no a los guiones de telenovelas que le generan al escritor considerables fortunas) ¿Será que algún día se abrirán oportunidades para que el escritor no sólo vea su sueño realizado de edición, distribución y venta de su obra, sino que pueda vivir de ella? Buenas preguntas!!!! Sobre todo para quienes no compran literatura venezolana ni que la estén rematando y por lo tanto NO contribuyen para que este escenario cambie.
ULA-Táchira (soryady1@yahoo.es)

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