lunes, 28 de junio de 2010

PRÍNCIPES AZULES DEL SIGLO XXI


Una amiga me dijo (cosa que por lo general nunca hace, pues, es bastante reservada con sus intimidades), que su novio le había interrogado, con su cara bien lavada y en plena panadería donde degustaban unos exquisitos golfeados: “Y si hipotéticamente nos casamos ¿Con qué vas a colaborar tú?”. Mi amiga se quedó en el sitio, primero porque llevaban demasiado poco tiempo de relación como para tocar ese tipo de temas y porque no estaba de ningún modo preparada para semejante cuestionamiento. Respondió con absoluta serenidad: “Sencillo, yo pago la cuota del carro y el colegio de los niños”. Si esta historia pareciera poco para la forma en que en la actualidad los hombres están abordando las temáticas que otrora jamás se tocaban durante el noviazgo, otra amiga (mucho más comunicativa que la primera), me dijo que un galán que la pretendía, le pidió plata para pagar la cuenta del restauran donde comieron, su alusión: “¿Ustedes (las mujeres) no querían liberación? Bueno, pagar al estilo americano es parte de ella”. Para cerrar esta fase de anécdotas y pasar a la de reflexión, conocí un muchacho que me llegó a contar que estaba muy enojado con su novia porque ésta lo estaba tratando de chantajear con el sexo, es decir, quería manipularlo con eso (por ejemplo: si peleaban o discutían sobre puntos de vista distintos entonces no se acostaba con él); él decía con mucha rabia: “¿Me quieres extorsionar con eso? ¿Acaso tú no disfrutas también? Y en la misma medida que yo...¿Y ustedes las mujeres no lucharon por eso? ¿Qué se quejan ahora?”. Bien, está claro que si tratamos de darle lógica a estas actitudes, la única explicación posible es que los hombres perdieron la “asertividad” (sí, con “s”) para plantear sus argumentos a las mujeres. Aunque la liberación femenina contemple una verdadera autonomía desde los planos personales, individuales, profesionales y ECONÓMICOS, no puede negarse que durante el periodo de galanteo de los hombres hacia las féminas, debería conservarse ese tino con que los primeros trataban a las mujeres antes. Esos gestos que muchas luchadoras del feminismo han señalado como “machismos” (llevar flores, chocolates, pagar la cena, el hotel, las cervecitas, etc.) siguen siendo los ítems que las mujeres empleamos para calificar a un hombre que nos pretende. Una vez escuché a alguien en tele decir que “hasta la más intrincada defensora de los derechos de la mujer, sueña con un hombre que la mantenga”; en su momento me causó mucha gracia, pero ahora reconozco que aunque no se desee una manutención total, sí se espera que el hombre aporte “seguridad”, que en términos cristianos (como diría mi tía Carlota) significa una estabilidad económica que garantice que al menos no se bajará de estatus. Porque pensemos por un momento en una mujer profesional, económicamente estable, que puede darse ciertos lujos (como comprarse unos zapatos de marca o vestidos de alta costura, que asiste con regularidad al estilista, que viaja en vacaciones, que tiene apartamento o carro), se empate con un hombre que no puede ni pagar los güisquis que se tomen, ¿No estará condenada -a la larga- a cambiar sus rutinas de vida? Sí, sé que están pensando que estoy pasada de materialista, pero volviendo a lo que nos trajo hasta aquí: debería guardarse cierta prudencia a la hora de decir las cosas. Si no pensemos en cómo nosotras manejamos la asertividad: si un hombre nos gusta mucho y le vemos como el compañero ideal, no le decimos de buenas a primeras: “Me encantaría que fueras el padre de mis hijos”…piénsenlo y retomen esa maravillosa iniciativa de hacernos sentir como princesas (aun cuando el estar inmersos en pleno Siglo XXI imponga otras directrices).

No hay comentarios:

Publicar un comentario