miércoles, 4 de agosto de 2010

Erotismo y pornografía



¿Siempre le hemos temido al erotismo? ¿Sabemos realmente qué es? ¿Cómo se manifiesta? Una vez escuché decirle a una correctora de textos, que los libros eróticos se habían extinguido, dándole paso a una nueva manifestación literaria que se autodenominaba “erotismo” pero que escondía a la pornografía. Sus palabras no calaron mucho en ese momento, puesto que lo más lejano que había llegado a leer con interés sobre esa temática hasta entonces, eran los versos de Sor Juana Inés de la Cruz, quien según mi profesora de literatura hispanoamericana manifestaban un erotismo sutil e inteligente. Ahora, con un poco más de lecturas y un breve asomo por esas lides, debo reconocer que existe una fina línea entre el erotismo y la pornografía en las nuevas narrativas dedicadas a este estilo literario. El extinguido Premio “Letra Erecta”, de la reconocida editorial Alfadil, contemplaba la publicación de la mejor obra erótica del año, y durante casi una década otorgó el reconocimiento a novelas que parecieran (y utilizo este verbo porque precisamente me he impuesto la tarea de demostrarlo de modo teórico en mi tesis de grado) no cumplir con las características de subjetividad y sugestión que caracterizó a la literatura erótica clásica y universal. Si para un clásico el erotismo es preciso el logro de imágenes sugestivas, que despierten las pasiones sin llegar a mostrar de manera tajante ningún aspecto del acto sexual, para los escritos que a mi juicio son pornográficos, es ese afán por revelar todo -pero absolutamente todo- lo que prevalece, creando una brecha entre un término y otro que obligan a sentar una posición teórico-crítica que reestablezca el orden de las cosas según su origen. Sí, porque recordemos (y no está de más hacerlo) que el erotismo es una “palabra derivada del nombre de Eros, dios del amor capaz de asegurar la cohesión del universo, designa las manifestaciones ligadas a la sensualidad y al goce obtenido de la unión afectiva con otro ser, unión que incluye, además del posible contacto sexual, todas aquellas imágenes, momentos compartidos y fantasías que acrecientan y acentúan la atracción.” Mientras que la pornografía se suele definir como la “descripción o exhibición explícita de actividad sexual en literatura, cine y fotografía, entre otros medios de comunicación, con el fin de estimular el deseo instintivo del contacto más que sensaciones estéticas o emocionales.” Lo que supone una estrecha línea que las separa y crea aún más disyuntivas de lo que consideramos o no erótico/pornográfico. De hecho, “La diferenciación entre pornografía y erotismo es a menudo muy subjetiva. La pornografía puede presentarse en forma de imágenes (fotografías, vídeos, películas, anuncios y carteles) o en forma de texto (artículos, etc.). El erotismo lo hace de igual forma, pero a diferencia de la anterior va, por lo general, asociado a imágenes sugerentes o simbólicas más que a imágenes puramente gráficas, y a la idea de igualdad o de placer mutuo.” Por otra parte, hay que aclarar que el término pornográfico encierra distintas connotaciones según el medio cultural donde se emplee, ya que lo que para unos resulta provocador, insinuante, vulgar y hasta obsceno, para otros puede parecer por completo normal. Un buen ejemplo, es el uso de bikinis tipo hilo dental en la playa, o andar en topless en la piscina. Del mismo modo, sucede con las prácticas sexuales, lo que para muchos resulta normal: tener sexo oral por ejemplo, para otros puede ser impuro, impúdico y hasta fruto del pecado más imperdonable y/o abominable que exista. Por ello, la carga de valores morales que nos definan como personas, determinará la mirada que le demos a la lectura de obras literarias de este tipo (Si no pensemos por un momento en la famosa novela “El amante de lady Chatterley”, de D. H. Lawrence, la cual fue considerada obscena en su momento; de igual modo pasó con los cuentos de Salvador Garmendia, los cuales casi lo llevan a la cárcel por considerarlos inmorales). A mí por ejemplo, me regalaron una novela hace unos cuantos años que tiene como protagonistas a un par de lesbianas. Mi primera reacción ante el tema fue de rechazo, puesto que mis más intrincados valores morales saltaron como fieras heridas, por tanto, apenas iba en el segundo capítulo la deseché de mi lista de obras por leer (e incluso llegué a reclamarle a quien me la había obsequiado, porque ¿Cómo era posible que él que creyera que a mí podría interesarme lo lésbico?) Con el tiempo, y gracias a una serie de lecturas que se hicieron durante la escolaridad de mi maestría, donde se buscaba la agresión dentro de la narrativa más actual, se fue apareciendo de modo reiterado la dinámica del discurso homosexual como elemento trasgresor, lo que me condujo a retomar aquellas páginas olvidadas, donde –no puedo negarlo- siguen influenciándome mis posiciones personales sobre algunos pasajes descritos allí, pero sobrevive el deseo por leer literatura y que es lo que a final de cuentas importa: leer, leer y leer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario