viernes, 22 de octubre de 2010

Soy de Los Andes, soy todo corazón


Cuando Luis Martínez (el periodista que durante muchos años nos entretuvo en TRT) se iba en el mismo autobús que yo (estudiábamos en la ULA) se le veía el porte, la galanura, el talento que más tarde lo llevaría a formar parte del staff de una cadena de televisión nacional como lo es TELEVEN. Verlo allí, mediodía tras mediodía no tiene mayor trascendencia, incluso habrá quienes lo siguen todas las tardes y ni siquiera saben que es un paisano. Ahora bien, el Luis de TRT no es el mismo de TELEVEN, pues como es natural, la televisora nacional obliga a este talentoso chico a neutralizar su acento andino, en aras de mantener el equilibrio que por tradición ha caracterizado a la televisión venezolana. “Caraqueñizar” a sus reporteros del interior, parece formar parte del contrato laboral, y es muy lógico tratándose de algo tan delicado como el idioma, que en nuestro país, a pesar de ser tan pequeño, presenta las más diversas variaciones: no es lo mismo “pelao”, “tochaíta”, “güino” , “verga”…en todos los rincones de la nación, por el contrario, tales términos toman connotaciones especiales de acuerdo a la región, el estatus social y hasta la intención comunicativa de quien lo emite. Todo esto viene a colación porque en los últimos años, ese proceso de “homogeneización” del acento se ha trasladado sistemáticamente a los estados, y el Táchira no es la excepción. Parece mentira que dentro de los programas televisivos regionales se corte de tajo todo vestigio de “andinidad”, cuando estamos en ¡Los Andes! Son contados quienes conservan o dejan colar algunos términos propios de nuestra región. Me imagino que para los que provienen de pueblos como San José de Bolívar, Mesa del Tigre, Borotá, El Topón, Macanillo, Mesa de Aura, La Tinta…les quedará cuesta arriba superar los exigentes “casting” de selección de animadores o reporteros. Un buen argumento, empleado por quienes dirigen estos medios, sería que no se puede estar frente a una cámara de televisión, llegando a cientos –si no es que a miles- de hogares, con una mala pronunciación de las palabras, pues aunque no sea el fin último de los medios masivos de comunicación, la labor ante el público es servir de modelos para las nuevas generaciones. Además, mantener los estándares garantiza que puedan ser “recepcionados” por públicos de otras latitudes sin riesgos de ser incomprendidos o malinterpretados.
No obstante, considero que esa búsqueda de aceptación está generando que neguemos lo que somos y lo que nos identifica; difuminando lo que ha sido parte de toda una tradición (si no pensemos la gran diferencia entre los que entrevistan y los entrevistados ¿Será que a unos se les comprende más que a los otros). Estarán pensando que estoy pasada de retrograda, pero la cosa aunque parezca superficial, es bastante seria, ya que con sumo cuidado (de la manera más solapada posible) se nos están borrando elementos vitales de nuestra identidad; se nos está vendiendo un modelo único, que de pronto no es el mejor o al menos se aleja de una verdad universal: nuestra grandeza está en la diversidad. Durante toda la historia de Venezuela, el centro ha marcado las pautas; Caracas parece pues la punta de lanza, la vanguardia, la raíz. Sin embargo, son cada uno de los estados, con sus particularidades, grandezas y vulnerabilidades los que la hacen fuerte, los que la complementan. Por ello, reconciliémonos con nuestras raíces y neguémonos a esa tiranía de eliminarnos para poder figurar. No vaya a ser que nos pase como a una amiga de Antonio Mora, que al volver de Caracas todos sus amigos de Pregonero la empezaron a burlar: “Mirá a ésta, llegó hablando de Tú” a lo que la muchachita contestó: ¿De mí? ¿Quién está hablando de mí?

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