martes, 31 de mayo de 2011

Transmitir el amor por leer

Mucho he dicho sobre la promoción de la lectura de literatura en los niños y jóvenes. Me he cansado de insistirles sobre los beneficios que ésta aporta a la formación de un individuo sensible, capaz de distinguir lo bueno de lo malo, lo humano de lo frívolo, lo auténtico de lo hipócrita. No obstante, buscando información para mi tesis, hallé un interesante artículo de unas estudiosas del campo, cuyos fragmentos más importantes quiero compartir con ustedes, pues me alientan a pensar que mi lucha no ha sido, ni será en vano:

"Al leer literatura, el espíritu se sublima; se produce una especie de distanciamiento de la realidad; las palabras, antes inmóviles sobre la página, se sublevan en una danza mágica que evoca imágenes en la mente del lector. Cuando leemos una obra que nos gusta, que nos toma y nos enlaza a complacencia, el sentimiento de no pertenencia a nada ni a ninguna parte nos embarga en toda su plenitud. El tiempo no importa, las horas pasan sin percatarnos de ello. Somos dueños de esa historia ahora, los personajes son nuestros parientes, nuestros aliados o nuestros contrarios, en otras palabras, sentimos y vivimos lo que ellos sienten y viven en un momento determinado, somos cómplices de sus hazañas y también de sus traiciones... Ese placer es egoísta, personal, sólo lo vive el lector en el acto de la lectura. Pero, ¿Cómo se gesta esta experiencia en los jóvenes? No se logra, obviamente, con lecturas obligatorias, impuestas por el sistema escolar. Así lo confirma Michèle Petit en su obra Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, cuando expresa que "...en todas las generaciones, las lecturas impuestas -en especial las de autores clásicos- han desalentado a leer. (Petit, 1999: 166). ¿Cómo entonces los invitamos a leer? ¿Qué tipo de obras podemos recomendarles a los jóvenes de hoy? Es común encontrarnos con universitarios que no leen más que los materiales que son asignados en las distintas asignaturas de su carrera, ni siquiera son obras completas, sino separatas de libros, capítulos de libros o artículos de revistas. No hay asiduidad a la lectura, no se lee más allá de esos materiales, escasamente la prensa o alguna revista de farándula. ¿Qué hacer ante esta situación? ¿Cómo persuadir a nuestros estudiantes de las bondades que otorga la lectura literaria? ¿Cómo invitarlos -o motivarlos- a leer? Constantemente levantamos la voz para decir a los niños y jóvenes, "Hay que leer, hay que leer... ¿Y si en lugar de exigir la lectura el profesor decidiese de pronto compartir su propia dicha de leer? ¿La dicha de leer? ¿Qué es la dicha de leer?" (Pennac, 1995: 78). Pudiéramos discutir sobre el papel que juega el docente en el gusto por la lectura, también sobre el rol de la familia en este acercamiento, pero no es nuestra intención disertar sobre ese tema en este momento, lo dejamos a juicio del lector. Lo que sí creemos es que ciertos encuentros con la lectura nos ayudan a modificar nuestra actitud hacia ella. Tales encuentros, que crean un clima de intimidad propicio para leer -un acto de camaradería pueden ser mediados por otros lectores que nos lleven de la mano y nos muestren el camino.

"Para transmitir el amor a la lectura, y en especial a la lectura literaria, hay que haberlo experimentado", nos dice Michèle Petit. (Ob. Cit., p. 168). Esa relación personalizada con algún intermediario es lo que, según la autora, marca la diferencia. Estos mediadores pueden ser los padres que leen historias a sus hijos de pequeños, un bibliotecario que le recomiende libros a un joven estudiante, un maestro que apoye a sus alumnos a ir más allá de los libros de texto, que les ofrezca otras posibilidades de lectura, que lea con ellos, que les recomiende las obras que él ha leído...", pero ¿Cuántos se toman su tiempo para hacerlo?

Gutiérrez y Ball. (2007). <> En: Voz y escritura. Revista de Estudios Literarios. Enero-Diciembre: pp. 95-108.

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