sábado, 3 de marzo de 2012

LEER: RETO DEL SIGLO XXI

¿Cómo conseguimos la atención de los jóvenes sin ponernos unos lentes de sol enormes, una calva que haga juego con nuestro atuendo reguetonero de última generación y una vestimenta cargada de un mensaje ostentoso y prepotente? ¿Cómo? Especialmente porque cuando hago referencia a “jóvenes” ya estoy incluyendo a pre-adolescentes de 9,10 y 11 años a los que la lectura en voz alta ya les parece un fastidio. A lo mejor piensan que estoy exagerando, pero la sensación de desesperanza que genera por ejemplo leer o narrar una historia tan hermosa como “La luciérnaga que quería ser una estrella” a un grupo de niños de quinto grado y sentir que están hartos, es indescriptible.

Si es defraudante saber que tu cuento, ése que tanto te ha gustado a lo largo de los años y que disfrutas leer una y otra vez, no les cause el menor interés, peor es observar al lider de ese grupo de niños mofarse de tu cuento; hacer que todos se rían de aquel pasaje enternecedor que tanto amas. A mí me resultó —y no exagero en la sensación de desolación que dejó en mí aquella escena— frustrante, sobre todo en el momento en el cual mi alumno lider hizo movimientos coporales que le dieran fuerza a su chiste: “¿Dónde tendré el interruptor para prender y apagar mi luz interior”, dijo en medio de una franca y desternillante carcajada. No puedo negar que el cuento tenía una intención moralizante, aleccionadora y eso era un posible motivo para que a los jóvenes no les gustara. En todo caso, con intención reflexiva o no, el punto aquí es que cada vez es más difícil que los muchachos se enamoren de nuestra voz.

Dos investigadoras argentinas, autoras de un valioso libro sobre promoción de lectura, recomiendan no dejar de leerles en voz alta a los niños aun cuando éstos ya sepan leer por sí solos. El acompañamiento, el arte de leer cuentos con emoción, con pasión son claves para enamorar a los niños y jóvenes de la lectura. Me cuestiono entonces ¿por qué resulta, al menos en lo que a mi poca experiencia se refiere, una tarea tan ardua lograr tal enamoramiento? ¿Por qué a medida que pasan los años se nos hace tan complicado convencer a los jovencitos de las maravillas que ofrece la lectura? Estarán pensando que en las circunstancias antes descritas la única culpable fui yo por haber llevado al aula una lectura notablemente influenciada por una enseñanza y que invitaba de inmediato a la reflexión, especialmente cuando existen en el mercado cientos de historias emocionantes, apasionadas, llenas de elementos atractivos que atrapan con mayor facilidad al complicado público infanto-juvenil, pero tal situación de impotencia ante una inminente derrota no se circunscribe a esa única oportunidad o a ese único contexto escolar. Lamentablemente me ha sucedido, y con preocupante frecuencia, en otras situaciones. De pronto es que estoy demasiado apegada a una obsoleta propuesta de animación; quizás mis textos están desactualizados; a lo mejor me hace falta gracia y hasta una voz mucho más dulce. En todo caso, algo que no puede obviarse y que escucho casi a diario de mis colegas es el poco interés de los estudiantes por aprender, por leer, por mantener la atención en lo que se les está diciendo o leyendo.

Un texto pedagógico colombiano que leí hace tiempo denunciaba que las aulas tienen una estructura física del siglo XIX, unos docentes del siglo XX y unos alumnos del siglo XXI. Es posible que allí se hallen las respuestas a mis cuestionamientos.

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