martes, 31 de julio de 2012

Esperando



A mi entrañable amigo Jorge Gómez Jiménez,
por tender una mano a los escritores de provincia.

I
SUS NEGRAS MANOS la acarician desbaratándola en un sudor imposible de disimular. La percibe tan fría que la vuelve a acariciar una y otra vez hasta calentarla, hasta hacerla sudar mucho más. La percibe burbujeante. Se desprenden —ante semejante estímulo— unas gotitas envueltas en una aureola inconfundible de inocencia y ternura. Sin proponérselo, logra hacerla estallar en pompas que emergen con suavidad.
Las manos cautelosas vuelven a recorrerla logrando que la sensación de cosquilleo parezca dormitarse. El burbujeo cesa y el sudor se vuelve incontenible; humedece no sólo los dedos invasores, sino la palma de la mano entera.
Sus negras manos la acarician hasta que —sin querer— la calienta por completo.




        II
A lo lejos, el barman observa a la dama toquetear —con notable gesto de resignación— la copa de champaña. Se pregunta << ¿Por cuánto tiempo más lo hará?, si esa persona a la que espera noche a noche —desde hace años— seguro nunca ha de llegar. >>
FIN
Del libro inédito Aquella vieja canción

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