sábado, 28 de julio de 2012

Terrazza


A Diego Niño


Tenían siete semanas sin salir. La vecina lo había notado porque ella notaba todo: si entraban, si salían, si comían, si los visitaban, hasta si sacaban la basura en los días estipulados para ello. Y no sólo me refiero a ellos (Luis y Laura) sino el resto de mortales que vivían en esa cuadra. Tenía absoluto control sobre los habitantes de ese lugar que a lo mejor por eso Luis y Laura disfrutaban tanto de no tener que verla.
Los encontraron en un abandono total. No podían determinar desde cuándo habían decidido no alimentarse, pero sus ojeras estaban tan amoratadas que tuvieron que moverlos para comprobar que no estaban muertos. Podía decirse que estaban enraizados al sofá. Allí tendrían quién sabe cuánto tiempo pensando en la inminente destrucción. Se habían devanado los sesos cavilando las posibles maneras en que la tierra desaparecía. A Luis le parecía muy romántico que un meteoro se estrellara contra todo lo que hasta ese momento conociera, que decidió abrazarse de Laura en una espera sempiterna. Con aquel abrazo esperaba eternizar ese amor dulzón que sabían que se tenían pero que nunca tuvieron tiempo de expresarse. Él no lo hizo porque le parecía que manifestarle cierta devoción era muestra de debilidad y ella quizás, porque no fue criada en ese ambiente enternecedor de padres cariñosos que se besan delante de los hijos al levantarse o al irse a sus respectivos trabajos. Había sido más bien una niña solitaria y hasta abandonada. Creció dentro de una apatía que tenía la manía de evidenciársele de modo permanente.
Laura por su parte, se imaginó que la destrucción del planeta vendría por un ataque extraterrestre. Aquellos hombrecillos verdes de los clásicos del cine seguro serían muy distintos, pero sin duda: escalofriantes. Por ello, permaneció — sin mostrar exceso de apego— aferrada a los brazos de Luis con la misma ternura que él debió desear de su parte por mucho tiempo.
        Allí, tendidos en el sofá como si los hubiesen clavado con tornillos, esperaban un fin que nunca llegaba. Podían percibir, de vez en cuando, el olor a tocino frito de la casa de los Mendoza. Ese, que tantas veces les hizo dejar completo el desayuno en una repulsión que habían tomado por los cerdos muertos y que no le hallaron explicación. Pensaron, sin atreverse a comentarlo al otro, lo pobres que eran los vecinos al continuar con sus rutinas diarias sabiendo que el fin del universo se acercaba. De pronto era mejor así—llegaron a meditar en silencio— no obstante, prefirieron seguir echados en el sofá hasta que llegara la infinitud.
        Cuando sintieron que forzaban la puerta no se molestaron (quizás por no poseer fuerzas o porque el insoportable peso de la dejadez no los dejó) en poner resistencia. Se apretujaron con mayor fuerza y se imaginaron que era la hora del final. Vieron a la vecina más desfigurada y fea que de costumbre. Se parecía mucho a la primera vez que la habían visto. Fue el día de su llegada a ese vecindario. La mujer tenía una mascarilla verde que hacía parecerla a los hombrecillos extraplanetarios que temía Laura.
        Aterrada de ver semejante espectáculo, la vecina se adelantó al interrogatorio del jefe de bomberos y les inquirió: ¿Qué les pasó? ¿Están enfermos? ¿Qué tienen?  Tratando, al mismo tiempo, de observar con la mayor rapidez posible, todos los detalles de ese apartamento: su descuido, su decoración, hasta su falta de candidez, pues, no le habían dado oportunidad antes de hacerlo. Quiso memorizar cada detalle pero el afán de saber el porqué de aquel absurdo encierro fue más fuerte que ella.
Luis y Laura no podían divisar con exactitud quién lucía más invasor, se miraron por un momento como queriendo detener el tiempo. Sus miradas se entrecruzaron en un suspiro largo. Trataron de hallar en los ojos del otro aquella pasión que los había unido por tanto tiempo sin ni siquiera haberse dicho por casualidad: te quiero. Se vieron y continuaron callados. Los encargados del rescate, tratando de abrirse paso ante la impertinente vecina, no se atrevían a moverlos; podían estar heridos o asustarse a tal punto de ponerse agresivos. Se desesperaron ante aquel silencio y les solicitaron que salieran, que era necesario llevarlos a un hospital.
Después de unos breves segundos, que pudieron parecerse a siglos en el halo de amor que desprendían los dos, salieron abrazados y huyéndole al sol. Afuera, una bandada de periodistas hambrientos, los esperaban ansiosos por conocer los detalles del ataque de fobia a la gente que los había invadido. Ante las cámaras, Luis y Laura soltaron sus entrecruzadas manos y se sintieron por primera vez —desde que estaban juntos— perdidos y abandonados.
FIN

Del libro inédito Aquella vieja canción

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