lunes, 12 de noviembre de 2012

Sin rastro


I
         NO HA PODIDO volver a quedarse dormida sin pensar en él, en sus cabellos, en su tierna sonrisa perlada y en aquellos ojillos pícaros que tanto le gustan. No ha podido tampoco volver a concentrarse en el trabajo. Toquetea los libros como queriendo acariciar aquellas manos que meses atrás no se apartaban de ellos. Como queriendo robar parte de esa tersura que seguro ellas desprenden.
         No ha podido tampoco volver a introducir datos en la computadora sin asegurarse que aquel cliente no es él; ¿número de cédula?, pregunta, sin levantar el rostro, con la esperanza de que la pantalla arroje en grandes y finos trazos el nombre de RONALD. Pero nada, no ha aparecido. Así como ella no ha vuelto a ser la misma. No ha vuelto a tener paz.
         No ha podido desperezarse una sola mañana sin guardar en su pecho la esperanza de que él haya perdido, tal como John Cusack en Serendipity, el papelito donde ella le escribió su número telefónico. Tal vez no fue el viento que se lo arrebató, tal como en el film, pero al menos algún incidente, igual de fortuito, como haberlo dejado botado junto a la propina o extraviarlo al sacar la cartera, podrían ser posibles razones para no saber nada de él.
          Era imposible que aquella mirada solicitándole que escribiera su número telefónico no fuera sincera. Si era la misma que tantas veces se paseó por la librería. Que tantas veces le buscó para aclarar dudas sobre un precio o para solicitar información de algún autor en especial. Era imposible que se lo hubiese pedido para otra cosa que no fuera llamarla, hacerla suspirar, invitarla al menos a tomar un café.
         No ha podido tampoco volver a leer con la pasión de antes. De antes de aquel fantástico día en que Ronald le pidiera su número telefónico y no la llamara. Ahora pasa impávida por las grandes obras y no se detiene a ojearlas y muchísimo menos se extasía en sus pasajes. Madame Bovary dejó de inspirarle respeto, le pasa por el lado y ni una pizca de aquella emoción que la desdicha de Emma le producía se deja ver. Ni El amor en los tiempos del cólera o El perro de los Basckerville le producen el más mínimo deseo de esconderse entre los pasillos para robarse un poco de su magia. Ni siquiera las locuras de Raucci y su Soy la versión XP han podido arrastrarla a otro nivel que no sea la tristeza.
         No ha podido tampoco dejar de acariciar todos y cada uno de los libros de arte que Ronald, en otra época, en la que venía a cada rato, acarició reiteradamente. No le importa que decenas de personas también los hayan acariciado. Solo siente que en aquellos lomos fríos podrá arrancar parte de la bondad que sin duda despiertan aquellas manos. Se pasea un rato por Khalo, Manet, Calder, otro por Dalí, Caravaggio, Monet y Rivera. Se detiene en cualquiera, lo abre y trata de ver si comprende algo. Nada. Lo intenta. Quiere tener preparada alguna conversación interesante, no para cuando llame, sino para cuando se vean, para que cuando esté frente a esos dientes perlados y su pulso se acelere de nuevo no tener que pasar vergüenza. Para demostrarle que se ha preocupado por su mundo. Arquitectura, dijo, estudio arquitectura.



II
         ­Estoy terminando mi tesis de arquitectura y no puedo dedicarme a la pintura y la escultura como yo quisiera . Pronunció entusiasta. Todavía lo recuerda clarito. Como si fuera ayer.
         Se imagina el cuarto de arte de Ronald y se pregunta si será un desordenado como el Pollock de aquella película norteamericana o si más bien meticuloso como el escultor cincuentón de Carry en Sex and the city. Tal vez tiene todo un estudio repleto de obras de arte donde la llevará para pintarla desnuda, así como lo hizo Jack con Rose. No puede dejar de imaginárselo. No ha podido. Ni cuando acaricia los libros. Ni cuando el agua de la ducha le roza la piel y mucho menos cuando el vapor del té caliente le recuerda lo que ansiaba que esas manos la llegaran a tocar.
         Tampoco ha dejado de maquillarse ni un solo día. Primero, con sombras muy brillantes que no sólo resaltaran la felicidad que llevaba por dentro, sino para que la hicieran relucir entre tantas mujeres bonitas.
Seguro a él le llueven las mujeres bonitas . Se dice una y otra vez.
Debía al menos destacarse por sus sombras nacaradas, sobre todo aquellas que le favorecían. Luego, por unos colores más claros y tenues que escondieran su ansiedad. Que disimularan aunque fuera un poquito el deseo loco que la come por dentro. Que le difumine, tal cual corrector de ojeras, el maltrecho idilio que pudo, pero no fue.        
Porque aunque no haya podido dejar de pensar en él, y no haya dejado de pasearse por los libros que Ronald visitaba, aunque los títulos de arte, arquitectura y escultura hayan dejado de ser terreno inexplorado para ella, él no ha vuelto. Desde ese mágico día en que le dijo: <<Me tengo que llevar algo, me tengo que llevar algo y si no, a alguien>> E intercambiaron sonrisas y frases estúpidas.
         Ella sintió paralizarse. <<A mí, que me lleve a mí…>>  Se dijo,  mientras soltaba una sonrisa coqueta que no la terminara de descubrir ante aquellos ojos claros. Fueron aproximadamente treinta minutos hablando con confianza, diciendo típicas bobadas de seres que se gustan, ¿o no? Ahora ella dudaba, a ratos, si aquella conversación no fue más que una amabilidad de un cliente agradecido. Porque nadie podía negar que ella era una vendedora atenta y esmerada. No solo con Ronald, sino con todos los clientes. ¿Cuántas veces no le había dedicado horas para atenderlo? Tal vez el chico quería ser gentil. Pero no, dijo: << O a alguien >> y ese alguien no podía ser sino ella. Además le pidió el número telefónico, ¿qué más podía significar?
         Pero no volvió. Ronald no ha vuelto. Y ella sigue esperándolo. Sigue paseándose entre los libros favoritos de él. Ya no mira a Benedetti  y mucho menos a Vargas Llosa. Ya no siente deseos de descubrir si Jane Eyre se adelantó a su época o si Cumbres Borrascosas guarda similitud con su versión fílmica. No se emociona con la biografía de Rigoberta Menchú  ni con la de Virginia Woolf. Ni siquiera porque esas fueron las primeras biografías que se detuvo a ver cuando empezó a trabajar en la librería. Ni siquiera porque las admira. Ni siquiera porque ya era justo que  empezara a olvidar de ese hombre. Ese ya no vendría.
         Tampoco ha descuidado su cabello. Unos días lo trae suelto, lleno de bucles que cuida en rizar más que las modelos de Pantene. Otros, lo trae lisito como una seda. Aunque ese look la haga parecer más vieja, guarda la esperanza de que a Ronald le va a encantar. A veces lo adorna con ganchitos que no están acordes a su edad, pero que en definitiva le hacen entretenerse un poco de esa manía que tiene ahora de vivir pensando en él. Se ha comprado también una faja para que le disimule los rollitos de la cintura. No le queda más remedio:
¡Ronald es demasiado bello y en el centro comercial hay tanta mujer linda! . Se repite sin cesar.
         Tampoco ha dejado de buscarlo en los rostros de la gente que colma el Sambil de ruido y basura. Cuando ha terminado de acomodar los libros  –en especial los de arte y arquitectura-  camina con soltura para que si en algún caso Ronald pasa, la observe como una gacela acicalada y elegante. Para que no se le pierda ningún rostro sin buscar el de él. Para no pensar que ya no ha vuelto. Que no volverá.
         No ha dejado tampoco, ni por un solo día, de imaginar cómo sería estar en aquellos brazos, sentir aquellos músculos asfixiarla y recorrer a punta de besos cada centímetro de aquel cuerpo. Cómo sería dedicarse una noche entera, no, que noche, un fin de semana entero a ese cuerpo tan esbelto. A esa boca tan seductora. Quedar enredada en aquellos dientes. Estallar entre gemidos en medio de aquellos ciento noventa centímetros de piel aterciopelada y dulce. No ha podido dejar de imaginárselo, no ha querido.
         No ha querido ni siquiera porque sus compañeros se han desgastado en burlas contra su hombre sin rastro. Ni siquiera porque su cargo en la librería se pondría en riesgo si termina involucrada con uno de sus mejores clientes (nadie lo podía negar, Ronald había gastado fortunas en esa librería, no sólo en Da Vinci, Goya, Van Goh, Lofts, Casas, Apartamentos, Pools, sino en cuanto capricho se le antojara, lo que lo convertía en uno de los mejores y más esplendidos que entraba allí). Tampoco porque el tiempo ha pasado inclemente y ya van más de tres meses de aquel encuentro casual y feliz. Porque no ha vuelto. Porque no volverá.
III
         No se ha resignado a perder. Tampoco se ha amilanado por las críticas de los demás. Tampoco porque el reloj corre en su contra y otra oportunidad como esa es difícil que se le vuelva a presentar. Quiere guardar esperanzas. Las necesita. Ya comprende mejor algunos libros de arte. Ya tiene listos varios temas de conversación. Ya encontró la manera de disimular la rabia que le producirá verlo llegar de nuevo que entremezclada con el fervor que le tiene seguro será como la pólvora y le estallará en sus sienes, pero de pura pasión. Ya se aseguró de que todas las excusas son posibles, desde que la estuvo llamando y ella no contestó hasta el típico: hoy te iba a llamar. Ha practicado la sonrisa frente al espejo. Se ha visto un poco triste, ha tenido que forzarla. Se ha maquillado con desgano y se ha acicalado sin esfuerzo. Se siente llevar de manera etérea, inconsciente. Quisiera ya no pensar. No acariciar los libros ni buscar explicación a los matachos de Picasso. No pensar. Quisiera ya no sentir. Es que no fueron solo las palabras << O a alguien>>, sino  la forma en que las dijo. La mirada que utilizó. La sonrisa que le desprendió y el sutil encanto que le envolvía.
         No ha vuelto a mirar el periódico. No es necesario. La única noticia cruel en su vida es que Ronald se detuvo a hablar media hora con ella, le sonrió hasta que se cansó, le pidió su número telefónico y más nunca volvió a aparecer. Esa sí era la verdadera mala noticia. Ni todos los crímenes del mundo, ni todas las muertes por sicariato, ni todos los secuestros en la frontera se podían comparar con el dolor de soñarse entre los brazos de Ronald y no poder cumplirlo. De verse entrelazada con el hombre de sus sueños: ¡Sólo en sueños! Ninguna crónica podría compararse con la desfachatez de su amado. Con el sadismo de aquellos dientes perlados. Con el flagelo de aquel cuerpo musculoso.
         Pero ya había pasado mucho tiempo. El suficiente. Era hora de volver a la realidad. Se animó. Tomó parte de aquellas páginas manchadas de tinta negra y se dirigió directo a la sección de Sucesos, allí habría al menos crímenes horrendos que la hicieran olvidar aquellos ojillos tiernos.
         Sin esperárselo, consumida por su impotencia y decidida a olvidar (al menos por unos momentos) la sonrisa de Ronald, sintió un espasmo que le recorrió todo el cuerpo, una frialdad comparable a una hielera se instaló en su interior. No podía creerlo. No quería. Impávida sostuvo con una fuerza inexplicable aquella hoja de papel mientras unas gruesas lágrimas se deslizaban insolentes por sus mejillas y se llevaban sus ilusiones como una red a sus peces. En gruesas y oscuras letras, al lado de la foto de su hombre, con el aplomo de la verdad, decía:

“Hallan cadáver del joven estudiante de arquitectura secuestrado tres meses atrás”.

        
        
 Del libro Thanatos agency y otros cuentos insensatos
(Sistema Nacional de imprentas/Táchira, 2009)
        









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