jueves, 13 de julio de 2017

TERRÍCOLAS

A Diego Niño,
mi marciano favorito.


Los encontraron en un abandono total. Tenían siete semanas sin salir. Los oficiales no habrían podido determinar desde cuándo decidieron no alimentarse, pero sus ojeras amoratadas demostraban claros signos de inanición.
Ya no podían recordar cuánto tiempo llevaban pensando en la inminente destrucción, pero estaban seguros de haberse devanado los sesos cavilando las posibles maneras en que la tierra desaparecería. Tampoco, por qué se les habían sembrado esas ideas apocalípticas.
A Laura le parecía muy romántico que un meteoro se estrellara contra todo lo que hasta ese momento conocía. Por eso tal vez decidió abrazarse a Luis en una especie de espera sempiterna. Estallar en mil pedazos junto a él dejaba abierta la remota posibilidad de permanecer eternamente unidos en billones de partículas microscópicas flotantes que navegan juntas por toda la galaxia.
Con aquel abrazo, esperaba tal vez eternizar ese amor dulzón jamás manifestado de manera abierta a través de palabras y frases cursis. Ella no lo hizo porque no fue criada en ese ambiente enternecedor de padres cariñosos que se besan delante de los hijos; y él, porque venerarla -aunque fuera un poquito- sería una muestra de debilidad.
Luis en cambio se imaginó un ataque extraterrestre. Aquellos hombrecillos verdes de los clásicos del cine seguro serían muy distintos, pero sin duda escalofriantes, con cuerpos amorfos, ojos gigantescos y poderes extrasensoriales, capaces de hacerlos leer las mentes. Eso sí: más arrechos que los de la Guerra de los mundos y menos pajúos que los de Señales.
Debían reconocer cuán estúpidos se veían tendidos en el sofá como un par de zombis, esperando un fin que nunca llegaba. Encima, el hastío de la espera les hacía recrudecer los olores persistentes y rutinarios de aquella cuadra: basura, arepas quemadas, aceite de motor, café recién colado, fritanga, meaos rancios, roles de canela, mierda de perro. Pensaron, sin atreverse a comentarlo al otro, lo pobres que eran los vecinos al continuar con sus actividades diarias teniendo el fin del universo encima.
Cuando sintieron que forzaban la puerta no opusieron resistencia. Se apretujaron con mayor fuerza y se imaginaron la hora final.  No podían comprender con exactitud los hechos. Se miraron por un momento como queriendo detener el tiempo. Sus miradas se entrelazaron en un suspiro largo.
Al fin, cayendo en cuenta de que no había un nuevo Big Bang y mucho menos invasión marciana, los bomberos entrometidos comenzaron a importunarlos con: Épale, tortolitos, ¿qué tienen? ¿Están bien? ¿Están bien? ¿Les duele algo?
Hastiados de tanta súplica y mostrando cierta tosquedad ante aquel silencio, les solicitaron levantarse, salir, dejar que los llevaran a un hospital. El tonito era más bien de apúrense par de hijueputas que hay mucho trabajo por hacer; verdaderas emergencias; además, el hambre aprieta pa andar perdiendo el tiempo en tochadas. Pero nada, Luis y Laura seguían absortos y herméticos.
Después de unos breves segundos, que pudieron parecerse a siglos en el halo idílico desprendido por ambos, cedieron a las peticiones de los rescatistas y salieron abrazados, encandilados por el sol. Afuera, una bandada de periodistas hambrientos los esperaban ansiosos por conocer los detalles de su ataque antropofóbico.

Ante las cámaras, Luis y Laura soltaron sus manos y se sintieron por primera vez -desde que estaban juntos- perdidos y abandonados. Agradecieron a Dios porque los aliens no hubieran aparecido; lo más probable es que al ver tanta mezcla de ridiculez y absurdo habrían sentenciado con sarcasmo: ¡estos terrícolas sí son maricos!

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